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Descubre la verdadera historia de la Sábana Santa

Síndone
Síndone: Las guerras de la Sábana Santa

Estamos en Semana Santa  y es el mejor momento para ofreceros mi novela «Síndone: Las Guerras de la Sábana Santa», completamente gratis.

Síndone fue mi primer novela y, por eso, ocupa para mi un lugar muy especial entre mis obras. Se trata de un thriller histórico que utiliza la historia  real de la Sábana Santa de Turín como trasfondo. 

Sumergirme en la historia de una de las reliquias cristianas más importante y controvertidas que existen no fue una tarea fácil. Debo confesar que pasé de un escepticismo total hacia la reliquia hasta una profunda duda que aún me acompaña.

Os animo a que os atreváis a viajar conmigo a las raíces del mismo cristianismo con la mente abierta y sin prejuicios para que podáis llegar a vuestras propias conclusiones. Aunque lo que principalmente deseo que disfrutéis y paséis un rato de agradable lectura con Síndone.

Podéis descargarla gratis en el siguiente enlace de Amazón: 

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No os perdáis el tráiler y Feliz Semana Santa

Sindone. Las guerras de la Sábana Santa
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Los campos de concentración de Franco

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«Los campos de concentración de Franco» es el título de la última obra de Carlos Hernández de Miguel. Una obra que realiza una investigación exhaustiva de la represión franquista en una de sus peores expresiones; los campos de concentración.

En momentos en que el relativismo histórico intentar reescribir el pasado, de la mano de nostálgicos del régimen, obras como ésta nos devuelven a la realidad del horror vivido en nuestro país. Carlos Hernández, periodista y escritor habitual de diarios digitales como la revista Viajar y Eldiario.es, construye una obra fundamental e imprescindible para cualquier interesado en la historia de España.

En mi novela Sabor a tierra” intenté apuntar sobre el terrible problema de las fosas comunes de nuestro país y pude comprobar como, lamentablemente, muchos españoles desconocían la dimensión real de la tragedia. Carlos Hernández logra en su obra ponernos ante el espejo del verdadero holocausto vivido en nuestro país. Escarbando en archivos municipales y militares, el autor logra acreditar 296 campos de concentración por donde pasaron entre 700.000 y un millón de españoles, que fueron torturados y sometidos a las peores condiciones inimaginables.

Trabajos forzosos, esclavitud, enfermedades y desnutrición provocaron un número de muertos casi imposible de calcular.

Estos campos de concentración (uno de los cuales como os comenté en un pasado artículo estuvo situado en el actual Campo del Rayo Vallecano), se prolongaron en algunos casos hasta el año 1966, como fue el caso de la Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía (Fuerteventura), en la que se encarcelaba y «reeducaba» a homosexuales.

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Lamentablemente, vivimos un momento en que el auge de partidos de extrema derecha, está recuperando la España negra, aupados en la ignorancia y la desesperación ante una sociedad cada vez más injusta e insolidaria. Esto está propiciando un auténtico intento de reescribir la historia, volviendo a blanquear y edulcorar la dictadura fascista de Franco que nuestro país sufrió durante 40 años.

Es, por eso, más importante que nunca no dejar que la verdad sea enterrada por la desinformación. Ahí es precisamente donde una obra como “Los campos de concentración de Franco” se convierte en una propuesta brillante y absolutamente clave.

No podemos dejar que nuestra historia sea olvidada porque, simple y llanamente, no podemos permitirnos que vuelva a ser repetida.

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FUE EN AQUEL MOMENTO

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Fue en aquel momento, mientras miraba estúpidamente un monitor de ordenador que, dividido en porciones cuadriculadas, mostraba cada una de las habitaciones de mi casa, cuando supe que no aguantaba más. Estaba allí, observando como un supuesto experto en el más allá intentaba arreglar mi vida con artilugios sacados de una mala película americana. Era un hombre pequeño, menudo, que se afanaba en escudriñar el monitor, una y otra vez, parando tan sólo de vez en cuando para tomar un sorbo del café más cargado y maloliente que he visto en toda mi vida.

–¡Ahí lo tenemos¡– exclamó emocionado, señalándome con el índice un rectángulo de la pantalla que mostraba mi dormitorio envuelto en las sombras de la noche.

Un pequeño fulgor blanquecino empezaba a tomar forma justo encima de mi cama de matrimonio. Sentí nauseas al verlo adquirir los contornos de un ser humano, que parecía flotar burlonamente sobre las sábanas revueltas del lecho. Pensé en mi mujer y en como esa cosa la había estado poseyendo, noche tras noche, haciéndola gritar con desesperación, al sentir como manos invisibles manoseaban sus pechos e introducían sus dedos incorpóreos entre sus nalgas. Yo me despertaba asustado por sus gritos y le decía, como un estúpido, que sólo había sido una pesadilla.

Después, fue mi hija la que empezó a tener problemas. Siempre había sido una alumna brillante y una niña muy tranquila, sin embargo, empezó a volverse violenta con sus compañeros y sus notas cayeron en un pozo sin fondo. Su tutora me llamó para advertirme de su repentina transformación y yo sólo supe decir que era una fase difícil de su infancia.

Me negaba a ver las evidencias delante de mis ojos. Ni siquiera, cuando mi mujer se despertaba gritando en medio de la noche o mi hija venía a nuestra habitación, encharcada en sudor y suplicando que la dejásemos dormir con nosotros, fui capaz de admitir que algo estaba interfiriendo con nuestras vidas; algo ajeno y maligno.

Una noche volví tarde del trabajo. Estaba cansado y enfadado de pelearme con un balance de cuentas que se negaba a cuadrar una y otra vez, por lo que, cuando llegué a casa en plena madrugada, decidí ir a la cocina y relajarme tomándome una infusión antes de dormir. Me acerque a la cocina, sin encender las luces para no despertar a mi mujer y mi hija, y fue entonces cuando lo vi. Al principio no supe de qué se trataba, tan solo percibí una silueta fugaz en el espejo del pasillo, que  me hizo girar la cabeza.  Detrás de mí, algo surgió de las sombras, casi como si estuviese hecho de un desgarro de la misma oscuridad; parecía un hombre. Sus facciones, negras como la noche misma, mostraban un odio profundo que retorcía sus rasgos de forma grotesca. Perdí la respiración y caí de espaldas sin poderlo evitar, mientras esa cosa se precipitaba sobre mí. Sólo fue un instante, pero noté como mis entrañas ardían al ser atravesado por la incorpórea figura. El dolor y la impresión fueron tan grandes que quedé inconsciente hasta la mañana siguiente, en que mi mujer me encontró tendido en medio del pasillo.

Después de aquello, ya no pude negar por más tiempo lo que estaba sucediendo. Comprendí que todo lo que mi mujer y mi hija llevaban meses contándome era cierto. Pero ya era demasiado tarde, mi matrimonio estaba herido de muerte. Leía el desprecio de mi mujer en su mirada cada día, incapaz de perdonarme que no hubiese creído en ella, dejándola impotente en manos de aquella abominación noche tras noche.

Decidí acudir al sacerdote de la parroquia del condado, confiando en que con su intervención las cosas mejorarían. Cuando le conté lo que nos estaba ocurriendo, el religioso me miró con sorpresa e incredulidad. Después de implorarle ayuda, como no lo había hecho nunca con nadie, accedió a regañadientes a bendecir nuestra casa e intentar así expulsar cualquier presencia maligna que pudiese haber. No funcionó. El sacerdote realizó su número religioso, arrojando agua bendita en cada habitación, a  la vez que entonaba una serie de salmos extraídos de la Biblia, pero la presencia que nos atormentaba siguió allí, burlándose de nosotros día tras día.

Una mañana, mi mujer me dijo que no lo soportaba más y, cogiendo a mi hija, se fue de casa sin darme ni siquiera opción a protestar. Cuando se subió al coche, en la  tristeza y decepción de su última mirada, comprendí que nunca volvería a estar a mi lado. A pesar de todo, yo no estaba dispuesto a ceder e irme también; aquel era mi hogar y me había costado demasiado levantarlo, para dejármelo arrebatar por nadie ni por nada.

Me obsesioné, consulté con expertos, leí libros y acudí a conferencias. Probé toda clase de rituales y ceremonias, pero la entidad siguió allí, haciéndose, con cada victoria suya y derrota mía, más y más fuerte. Cada noche me despertaban sus pasos, gritos y burlas. En varias ocasiones se presentó en mi propia habitación, torturándome con su presencia y arrojando muebles y utensilios contra las paredes. Podía sentir su odio y desprecio impregnando cada esquina de mi hogar.

Una mañana recibí una carta de mi empresa; era el despido. Acababa de pedir un permiso para buscar a un nuevo experto que pudiese ayudarme, pero en mi trabajo ya estaban hartos de mis continuas faltas y de mis errores contables, cada vez más frecuentes. Aquello, en lugar de hacerme comprender que debía abandonar aquella lucha, incrementó mi rabia y determinación, por lo que decidí utilizar todos mis recursos en contratar a un equipo de científicos especializados en lo sobrenatural, que acabasen de una vez por todas con la monstruosidad que se había apoderado de mi vida.

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Sin embargo, ahora, mientras observaba en el monitor, que con su mosaico de imágenes cuadriculadas parecía burlarse del rompecabezas en que mi mundo se había convertido, como la odiosa figura se corporeizaba, una vez más, para continuar su eterna burla de todo lo que para mí era sagrado, algo se rompió en mi interior definitivamente.

El parapsicólogo que estudiaba el fenómeno se volvió hacia mí sonriendo ampliamente.

–¡Es maravilloso!­– exclamó.

Aquello fue demasiado para mí. Aquel hombrecillo sentía admiración por el monstruo que había estado destrozado mi mundo hasta convertirlo en un lodazal irreconocible. ¡Sentía admiración! Me acerqué a él y le propiné un puñetazo que le hizo caer de bruces en el suelo de la habitación, sorprendido y asustado. En otra época le hubiese pedido disculpas, ayudándole a levantarse de inmediato, pero, en lugar de eso, le pedí a gritos que abandonase de inmediato mi casa. El pobre tipo salió corriendo a trompicones, sin comprender nada, pero convencido de que hablaba muy en serio.

Entonces supe por fin lo que tenía que hacer para poner fin a aquella pesadilla. Me dirigí a mi habitación y, sin dirigir ni una mirada al espectro que en ella se debatía por terminar de corporeizarse, abrí inmediatamente la cómoda, donde guardaba una pequeña escopeta de cañones recortados. Extraje dos cartuchos del cajón y los introduje en la recamara. Sin pensarlo, apoyé el cañón del arma sobre mi barbilla y apreté el gatillo. Ni siquiera oí el ruido del disparo, sólo me desplomé en el suelo. Lo último que vi fue como una mancha de sangre goteaba en el techo de la habitación. Todo se volvió rojo….

………………………

Lo primero que vi al despertar fue mi propio cuerpo tendido a mis pies y empapado en sangre, no sentí nada por él, tan sólo curiosidad. No había olores, no había sonidos, no había sensaciones, todo era un vacío en mi interior. Sólo había una cosa que permanecía y que animaba mis movimientos; mi odio.

Me giré hacia el lecho. El espectro que me había atormentado, me miraba desde allí. Sus rasgos ya no parecían tan grotescos y repulsivos, tan sólo despreciables. Sentí como la ira se apoderaba de mí. Por primera vez vi el miedo pintado en su rostro, el mismo miedo que debía haber visto en mí y en mi familia durante tanto tiempo. Me arrojé sobre él con la velocidad de un pensamiento y la furia de un animal. Intentó defenderse, pero mi odio era mucho mayor que el suyo. Sentí como intentaba agarrarse a los últimos restos de arrogancia y maldad de sus ser para mantener su esencia, pero  mi dolor, desprecio y odio feroz, le barrieron de la existencia, disgregando su esencia a mi paso como la arena ante el viento.

Ahora sólo quedo yo, mi hogar vuelve a ser mío y ya no habrá vivo o muerto que vuelva a violarlo y arrebatármelo nunca más. Sólo siento que, aunque he recuperado mi hogar, nunca recuperaré mi vida.

………………………

(Esta historia pertenece a la recopilación «Historias en el Límite I»)

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Sabor a tierra ya disponible en formato ebook

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Sabor a tierra ya está disponible en formato ebook

Empezamos nuevo año y qué mejor que hacerlo que con una buena noticia: Sabor a tierra ya está disponible en formato ebook.  Podéis adquirir mi última novela online en la web de Acen editorial por tan sólo 4,5 €, o a través de los enlaces de compra en la web de la novela: www.jcboiza.com/saboratierra.

Ríos de tinta han hecho correr los partidarios y detractores de los ebooks desde que vieron la luz en el mercado digital. Lo cierto es que ahora mismo son ya una realidad incuestionable, que ha llegado para quedarse.

Algunas editoriales, cada vez menos, aún son reacias a implantar el formato digital ya que temen que implique una menor venta del libro en papel, y con ello, una bajada de sus beneficios. Pero, negarse a vender en formato electrónico hoy en día, es como meter la cabeza bajo las sábanas, esperando que pase el peligro. La realidad se impone y sólo los que se adaptan y evolucionan sobreviven y, aunque sea una visión un tanto despiadada de la sociedad, es una verdad incuestionable que se impone también al mercado editorial.

Así que espero que disfrutéis de mis novelas, sea cual sea el formato que elijáis para hacerlo, y que, por su puesto, me dejéis vuestros comentarios y críticas sinceras.

Stan Lee

Stan Lee, el rey del comic, nos ha dejado

Stan Lee
Stan Lee at the Phoenix Comicon in Phoenix, Arizona. Gage Skidmore

Stan Lee, el rey del comic de superhéroes y creador de una mitología que trasciende el mundo de las viñetas, ha muerto en un hospital de Los Ángeles a los 95 años de edad.

Su nombre real era Stanley Martin Lieber. Nació en Nueva York el 28 de diciembre de 1922, hijo de inmigrantes rumanos de origen judío. Aquella lejana Navidad, Papa Noel nos trajo un regalo muy especial: un escritor que con su pluma incendiaría la imaginación de las generaciones venideras, creando toda una nueva mitología llena de personajes inolvidables.

En la adolescencia, Stanley tuvo que buscarse la vida en un sinfín de oficios peculiares; desde vender vaqueros a escribir obituarios para el Centro Nacional de Tuberculosis e incluso ejercer de acomodador en Broadway. Sin embargo, su verdadera carrera empezaría al convertirse en ayudante en la editorial Timely Comics (con el tiempo se convertiría en la actual Marvel Comics). En aquellos años trabajar en el mundo de las historietas gráficas no era algo especialmente prestigioso. Por eso, cuando Lee, con apenas 20 años, firmó su primer relato, (de sólo dos páginas y protagonizado por el Capitán América), decidió utilizar el seudónimo de Stan Lee. Pensaba que de esa forma protegía su nombre para su posterior trayectoria como escritor. Ni siquiera podía imaginar que ya sería Stan Lee para siempre.

En los años 50 y 60, el mundo del comic americano se vio sacudido por la moral recalcitrante imperante, cayendo en una decadencia que llevó a muchos creadores a abandonar el medio. En 1960 Stan Lee era uno de ellos, convencido de dejar definitivamente Marvel Comic y harto de guiones sumamente infantiles y repetitivos con poco o nulo valor artístico. Sería su mujer, Joan (fallecida en 2017), la que en 1961 le convencería de realizar un último salto de cisne y hacer por una vez “el comic que quisiese hacer”, sin importar las censuras o modas de la época. Si se iba a ir que lo hiciese por la puerta grande.

El resultado fue la creación, junto al dibujante Jack Kirby (merecedor de un monumento aparte) de Los Cuatro Fantásticos. Había nacido un nuevo concepto de comic de superhéroes, que sería continuado con un sinfín de personajes más (Spiderman, X-Men, Hulk,…) dando lugar a lo que se llamó la Edad de Plata del comic estadounidense. A partir de aquí, se desataría la labor creativa de Stan Lee, que llegaría a convertirse en un auténtico ídolo de la cultura pop estadounidense, dejando un legado que ha llegado hasta nuestros días impactando en toda la cultura occidental.

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Los Cuatro Fantásticos

Pocos creadores pueden presumir, como Stan Lee, de haber creado toda una mitología nueva, un Olimpo de personajes, que  ha llegado a ser comparado, por su impacto cultural, con la mitologías politeístas de la antigüedad.

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Stan Lee, el rey del comic, es una de esas personas que nos demuestran que la inmortalidad existe.

Para mí es inevitable dedicar a Stan Lee este pequeño artículo, ya que crecí leyendo sus creaciones y es, sin lugar a dudas, una de las grandes influencias que he tenido y que me han llevado a introducirme en el mundo de la literatura.

Se ha ido Stanley Martin Lieber, el hijo de inmigrantes rumanos buscavidas e imaginativo, que nunca se dio por vencido y lucho siempre por sus ideales, pero siempre tendremos a Stan Lee, el rey del comic, que nos seguirá haciendo cada día soñar sus sueños.

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