Cabecera Jack el destripador

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FUE EN AQUEL MOMENTO

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Fue en aquel momento, mientras miraba estúpidamente un monitor de ordenador que, dividido en porciones cuadriculadas, mostraba cada una de las habitaciones de mi casa, cuando supe que no aguantaba más. Estaba allí, observando como un supuesto experto en el más allá intentaba arreglar mi vida con artilugios sacados de una mala película americana. Era un hombre pequeño, menudo, que se afanaba en escudriñar el monitor, una y otra vez, parando tan sólo de vez en cuando para tomar un sorbo del café más cargado y maloliente que he visto en toda mi vida.

–¡Ahí lo tenemos¡– exclamó emocionado, señalándome con el índice un rectángulo de la pantalla que mostraba mi dormitorio envuelto en las sombras de la noche.

Un pequeño fulgor blanquecino empezaba a tomar forma justo encima de mi cama de matrimonio. Sentí nauseas al verlo adquirir los contornos de un ser humano, que parecía flotar burlonamente sobre las sábanas revueltas del lecho. Pensé en mi mujer y en como esa cosa la había estado poseyendo, noche tras noche, haciéndola gritar con desesperación, al sentir como manos invisibles manoseaban sus pechos e introducían sus dedos incorpóreos entre sus nalgas. Yo me despertaba asustado por sus gritos y le decía, como un estúpido, que sólo había sido una pesadilla.

Después, fue mi hija la que empezó a tener problemas. Siempre había sido una alumna brillante y una niña muy tranquila, sin embargo, empezó a volverse violenta con sus compañeros y sus notas cayeron en un pozo sin fondo. Su tutora me llamó para advertirme de su repentina transformación y yo sólo supe decir que era una fase difícil de su infancia.

Me negaba a ver las evidencias delante de mis ojos. Ni siquiera, cuando mi mujer se despertaba gritando en medio de la noche o mi hija venía a nuestra habitación, encharcada en sudor y suplicando que la dejásemos dormir con nosotros, fui capaz de admitir que algo estaba interfiriendo con nuestras vidas; algo ajeno y maligno.

Una noche volví tarde del trabajo. Estaba cansado y enfadado de pelearme con un balance de cuentas que se negaba a cuadrar una y otra vez, por lo que, cuando llegué a casa en plena madrugada, decidí ir a la cocina y relajarme tomándome una infusión antes de dormir. Me acerque a la cocina, sin encender las luces para no despertar a mi mujer y mi hija, y fue entonces cuando lo vi. Al principio no supe de qué se trataba, tan solo percibí una silueta fugaz en el espejo del pasillo, que  me hizo girar la cabeza.  Detrás de mí, algo surgió de las sombras, casi como si estuviese hecho de un desgarro de la misma oscuridad; parecía un hombre. Sus facciones, negras como la noche misma, mostraban un odio profundo que retorcía sus rasgos de forma grotesca. Perdí la respiración y caí de espaldas sin poderlo evitar, mientras esa cosa se precipitaba sobre mí. Sólo fue un instante, pero noté como mis entrañas ardían al ser atravesado por la incorpórea figura. El dolor y la impresión fueron tan grandes que quedé inconsciente hasta la mañana siguiente, en que mi mujer me encontró tendido en medio del pasillo.

Después de aquello, ya no pude negar por más tiempo lo que estaba sucediendo. Comprendí que todo lo que mi mujer y mi hija llevaban meses contándome era cierto. Pero ya era demasiado tarde, mi matrimonio estaba herido de muerte. Leía el desprecio de mi mujer en su mirada cada día, incapaz de perdonarme que no hubiese creído en ella, dejándola impotente en manos de aquella abominación noche tras noche.

Decidí acudir al sacerdote de la parroquia del condado, confiando en que con su intervención las cosas mejorarían. Cuando le conté lo que nos estaba ocurriendo, el religioso me miró con sorpresa e incredulidad. Después de implorarle ayuda, como no lo había hecho nunca con nadie, accedió a regañadientes a bendecir nuestra casa e intentar así expulsar cualquier presencia maligna que pudiese haber. No funcionó. El sacerdote realizó su número religioso, arrojando agua bendita en cada habitación, a  la vez que entonaba una serie de salmos extraídos de la Biblia, pero la presencia que nos atormentaba siguió allí, burlándose de nosotros día tras día.

Una mañana, mi mujer me dijo que no lo soportaba más y, cogiendo a mi hija, se fue de casa sin darme ni siquiera opción a protestar. Cuando se subió al coche, en la  tristeza y decepción de su última mirada, comprendí que nunca volvería a estar a mi lado. A pesar de todo, yo no estaba dispuesto a ceder e irme también; aquel era mi hogar y me había costado demasiado levantarlo, para dejármelo arrebatar por nadie ni por nada.

Me obsesioné, consulté con expertos, leí libros y acudí a conferencias. Probé toda clase de rituales y ceremonias, pero la entidad siguió allí, haciéndose, con cada victoria suya y derrota mía, más y más fuerte. Cada noche me despertaban sus pasos, gritos y burlas. En varias ocasiones se presentó en mi propia habitación, torturándome con su presencia y arrojando muebles y utensilios contra las paredes. Podía sentir su odio y desprecio impregnando cada esquina de mi hogar.

Una mañana recibí una carta de mi empresa; era el despido. Acababa de pedir un permiso para buscar a un nuevo experto que pudiese ayudarme, pero en mi trabajo ya estaban hartos de mis continuas faltas y de mis errores contables, cada vez más frecuentes. Aquello, en lugar de hacerme comprender que debía abandonar aquella lucha, incrementó mi rabia y determinación, por lo que decidí utilizar todos mis recursos en contratar a un equipo de científicos especializados en lo sobrenatural, que acabasen de una vez por todas con la monstruosidad que se había apoderado de mi vida.

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Sin embargo, ahora, mientras observaba en el monitor, que con su mosaico de imágenes cuadriculadas parecía burlarse del rompecabezas en que mi mundo se había convertido, como la odiosa figura se corporeizaba, una vez más, para continuar su eterna burla de todo lo que para mí era sagrado, algo se rompió en mi interior definitivamente.

El parapsicólogo que estudiaba el fenómeno se volvió hacia mí sonriendo ampliamente.

–¡Es maravilloso!­– exclamó.

Aquello fue demasiado para mí. Aquel hombrecillo sentía admiración por el monstruo que había estado destrozado mi mundo hasta convertirlo en un lodazal irreconocible. ¡Sentía admiración! Me acerqué a él y le propiné un puñetazo que le hizo caer de bruces en el suelo de la habitación, sorprendido y asustado. En otra época le hubiese pedido disculpas, ayudándole a levantarse de inmediato, pero, en lugar de eso, le pedí a gritos que abandonase de inmediato mi casa. El pobre tipo salió corriendo a trompicones, sin comprender nada, pero convencido de que hablaba muy en serio.

Entonces supe por fin lo que tenía que hacer para poner fin a aquella pesadilla. Me dirigí a mi habitación y, sin dirigir ni una mirada al espectro que en ella se debatía por terminar de corporeizarse, abrí inmediatamente la cómoda, donde guardaba una pequeña escopeta de cañones recortados. Extraje dos cartuchos del cajón y los introduje en la recamara. Sin pensarlo, apoyé el cañón del arma sobre mi barbilla y apreté el gatillo. Ni siquiera oí el ruido del disparo, sólo me desplomé en el suelo. Lo último que vi fue como una mancha de sangre goteaba en el techo de la habitación. Todo se volvió rojo….

………………………

Lo primero que vi al despertar fue mi propio cuerpo tendido a mis pies y empapado en sangre, no sentí nada por él, tan sólo curiosidad. No había olores, no había sonidos, no había sensaciones, todo era un vacío en mi interior. Sólo había una cosa que permanecía y que animaba mis movimientos; mi odio.

Me giré hacia el lecho. El espectro que me había atormentado, me miraba desde allí. Sus rasgos ya no parecían tan grotescos y repulsivos, tan sólo despreciables. Sentí como la ira se apoderaba de mí. Por primera vez vi el miedo pintado en su rostro, el mismo miedo que debía haber visto en mí y en mi familia durante tanto tiempo. Me arrojé sobre él con la velocidad de un pensamiento y la furia de un animal. Intentó defenderse, pero mi odio era mucho mayor que el suyo. Sentí como intentaba agarrarse a los últimos restos de arrogancia y maldad de sus ser para mantener su esencia, pero  mi dolor, desprecio y odio feroz, le barrieron de la existencia, disgregando su esencia a mi paso como la arena ante el viento.

Ahora sólo quedo yo, mi hogar vuelve a ser mío y ya no habrá vivo o muerto que vuelva a violarlo y arrebatármelo nunca más. Sólo siento que, aunque he recuperado mi hogar, nunca recuperaré mi vida.

………………………

(Esta historia pertenece a la recopilación «Historias en el Límite I»)

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Sabor a tierra ya disponible en formato ebook

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Sabor a tierra ya está disponible en formato ebook

Empezamos nuevo año y qué mejor que hacerlo que con una buena noticia: Sabor a tierra ya está disponible en formato ebook.  Podéis adquirir mi última novela online en la web de Acen editorial por tan sólo 4,5 €, o a través de los enlaces de compra en la web de la novela: www.jcboiza.com/saboratierra.

Ríos de tinta han hecho correr los partidarios y detractores de los ebooks desde que vieron la luz en el mercado digital. Lo cierto es que ahora mismo son ya una realidad incuestionable, que ha llegado para quedarse.

Algunas editoriales, cada vez menos, aún son reacias a implantar el formato digital ya que temen que implique una menor venta del libro en papel, y con ello, una bajada de sus beneficios. Pero, negarse a vender en formato electrónico hoy en día, es como meter la cabeza bajo las sábanas, esperando que pase el peligro. La realidad se impone y sólo los que se adaptan y evolucionan sobreviven y, aunque sea una visión un tanto despiadada de la sociedad, es una verdad incuestionable que se impone también al mercado editorial.

Así que espero que disfrutéis de mis novelas, sea cual sea el formato que elijáis para hacerlo, y que, por su puesto, me dejéis vuestros comentarios y críticas sinceras.

Stan Lee

Stan Lee, el rey del comic, nos ha dejado

Stan Lee
Stan Lee at the Phoenix Comicon in Phoenix, Arizona. Gage Skidmore

Stan Lee, el rey del comic de superhéroes y creador de una mitología que trasciende el mundo de las viñetas, ha muerto en un hospital de Los Ángeles a los 95 años de edad.

Su nombre real era Stanley Martin Lieber. Nació en Nueva York el 28 de diciembre de 1922, hijo de inmigrantes rumanos de origen judío. Aquella lejana Navidad, Papa Noel nos trajo un regalo muy especial: un escritor que con su pluma incendiaría la imaginación de las generaciones venideras, creando toda una nueva mitología llena de personajes inolvidables.

En la adolescencia, Stanley tuvo que buscarse la vida en un sinfín de oficios peculiares; desde vender vaqueros a escribir obituarios para el Centro Nacional de Tuberculosis e incluso ejercer de acomodador en Broadway. Sin embargo, su verdadera carrera empezaría al convertirse en ayudante en la editorial Timely Comics (con el tiempo se convertiría en la actual Marvel Comics). En aquellos años trabajar en el mundo de las historietas gráficas no era algo especialmente prestigioso. Por eso, cuando Lee, con apenas 20 años, firmó su primer relato, (de sólo dos páginas y protagonizado por el Capitán América), decidió utilizar el seudónimo de Stan Lee. Pensaba que de esa forma protegía su nombre para su posterior trayectoria como escritor. Ni siquiera podía imaginar que ya sería Stan Lee para siempre.

En los años 50 y 60, el mundo del comic americano se vio sacudido por la moral recalcitrante imperante, cayendo en una decadencia que llevó a muchos creadores a abandonar el medio. En 1960 Stan Lee era uno de ellos, convencido de dejar definitivamente Marvel Comic y harto de guiones sumamente infantiles y repetitivos con poco o nulo valor artístico. Sería su mujer, Joan (fallecida en 2017), la que en 1961 le convencería de realizar un último salto de cisne y hacer por una vez “el comic que quisiese hacer”, sin importar las censuras o modas de la época. Si se iba a ir que lo hiciese por la puerta grande.

El resultado fue la creación, junto al dibujante Jack Kirby (merecedor de un monumento aparte) de Los Cuatro Fantásticos. Había nacido un nuevo concepto de comic de superhéroes, que sería continuado con un sinfín de personajes más (Spiderman, X-Men, Hulk,…) dando lugar a lo que se llamó la Edad de Plata del comic estadounidense. A partir de aquí, se desataría la labor creativa de Stan Lee, que llegaría a convertirse en un auténtico ídolo de la cultura pop estadounidense, dejando un legado que ha llegado hasta nuestros días impactando en toda la cultura occidental.

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Los Cuatro Fantásticos

Pocos creadores pueden presumir, como Stan Lee, de haber creado toda una mitología nueva, un Olimpo de personajes, que  ha llegado a ser comparado, por su impacto cultural, con la mitologías politeístas de la antigüedad.

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Stan Lee, el rey del comic, es una de esas personas que nos demuestran que la inmortalidad existe.

Para mí es inevitable dedicar a Stan Lee este pequeño artículo, ya que crecí leyendo sus creaciones y es, sin lugar a dudas, una de las grandes influencias que he tenido y que me han llevado a introducirme en el mundo de la literatura.

Se ha ido Stanley Martin Lieber, el hijo de inmigrantes rumanos buscavidas e imaginativo, que nunca se dio por vencido y lucho siempre por sus ideales, pero siempre tendremos a Stan Lee, el rey del comic, que nos seguirá haciendo cada día soñar sus sueños.

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El extraño caso de Wesley Key

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El extraño caso de Wesley Key

Aunque para muchos la historia de Wesley Key es una simple leyenda urbana, una de esas historias que alguien ha oído de alguien, que dice ser amigo de alguien que le conoció, lo cierto es que, por raro que parezca, sucedió realmente.

Wesley vino al mundo en un bloque envejecido de pisos de Bay Ridge, entre los vapores de la ginebra con la que una vieja comadrona le limpió las heridas del cordón umbilical. He llegado a pensar que, aquellos efluvios etílicos que envolvieron su cerebro sin formar, fueron los que a la postre determinaron su extraño destino.

Yo le conocí años después, cuando mi padre perdió su empleo en Manhattan y tuvimos que trasladarnos. Fue el día en que hicimos la mudanza, Wesley estaba sentado en las escaleras de mi futura vivienda jugando con una pelota mugrienta observándonos desempacar. Recuerdo que me llamó poderosamente la atención la sincera y amplia sonrisa con la que nos recibió, en la que faltaban las palas y colmillos superiores. Cuando nos hicimos amigos, me contó que había perdido los dientes en una apuesta. Se había empeñado en que era capaz de abrir una botella de cerveza con los dientes. Lo que no sabía es que habían pegado la chapa. Cuando Wesley se dio cuenta de que le habían tomado el pelo, no se dio por vencido y, al final, acabó con veinte dólares en el bolsillo y los dientes totalmente destrozados.

Sus primeros problemas con el alcohol empezaron cuando su padre murió en un accidente en los muelles. El seguro a penas cubrió los gastos del entierro por lo que su madre tuvo que empezar a trabajar durante todo el día. Wesley, con apenas catorce años, se vio obligado a abandonar el colegio y a empezar a repartir periódicos.  En Brooklyn y en pleno invierno repartiendo diarios por las esquinas, la única manera que encontró para combatir el frío fueron las viejas botellas de ginebra que su padre guardaba en casa.

Siempre me lo encontraba en la esquina de la calle, con su sonrisa desdentada y burlona y el bulto de una pequeña petaca bajo su desgastada chaquetilla de franela. Al acabarse la ginebra pasó al whiskey barato que vendían a granel en las bodegas de los hermanos Cowen; dos inmigrantes irlandeses con pocos escrúpulos para dar alcohol a menores. Con dieciséis años conocía ya todos los bares y tabernas de Brooklyn. Sin embargo, a pesar de haberle visto beber una y otra vez, día tras días, jamás le había visto borracho. Era como si las bebidas no tuviesen efecto alguno sobre él.

Recuerdo especialmente el día en que los Brooklyn Dodgers consiguieron derrotar a los Yanquis de Nueva York y ganar la Liga Mayor de Béisbol. Todos los jóvenes salimos a las calles a celebrarlo y, aunque Wesley bebió sin parar durante toda la noche, cuando las luces del nuevo día despuntaron, él seguía tan fresco como una lechuga mientras la mayoría de nosotros estábamos borrachos o inconscientes

Ni siquiera cuando Betty Langrage, la única mujer de la que fue capaz de enamorarse, murió atropellada por un conductor ebrio, Wesley fue capaz de emborracharse. Bebió y bebió durante días, pero jamás le vi mostrar el menor signo de que el alcohol le estuviese afectando.

Una vez le pregunté por qué bebía de aquella manera si no era capaz de emborracharse, ni siquiera de alegrarse con una copa.“Porque tengo la esperanza de que alguna vez el alcohol consiga borrar de mi vida todo lo que me ha salido mal” me respondió.

Poco a poco, su inusual inmunidad al alcohol fue convirtiéndole en toda una celebridad. Le apodaron Whiskey, haciendo un desafortunado juego de palabras con su nombre, y los retos en bares o tabernas empezaron a sucederse. Todo el mundo quería saber hasta dónde era capaz de llegar, pero el resultado era siempre el mismo; su oponente derrumbado, incapaz de levantarse del asiento por sí mismo, y Wesley pidiendo una copa más.

Por eso, cuando un nuevo local en Williammsburg anunció que ofrecería, a todo el que acudiese el día de su inauguración, cuanto alcohol fuese capaz de consumir, fuimos muchos los que pensamos que Wesley no se perdería la oportunidad de demostrar una vez más su peculiar habilidad.

El día de la inauguración había cientos de personas apretujándose en la puerta del local. Estaba a punto de irme, convencido de que no podría pasar, cuando divisé a Wesley junto a la entrada. Con una mano me hizo un gesto para que le acompañase al interior. Cuando llegué a su altura me comentó en voz baja “hoy puedo conseguirlo, por una vez no tendré que preocuparme por el dinero”. Intenté persuadirle, pero su decisión era inquebrantable, así que decidí acompañarle al interior.

En una mesa habían preparado varias botellas de whiskey y un hombre, cuya corpulencia frente a la fragilidad física de Wesley parecía presagiar una dura contienda, esperaba ansioso mostrando un fajo de cien dólares en su mano. Wesley depósito otros cien dólares para cubrir la apuesta y se sentó frente a él. Los pequeños vasos de Whiskey empezaron a desaparecer uno tras otro, mientras ambos hombres bebían por turnos. El duelo duró más de una hora, hasta que finalmente el grueso oponente de Wesley, que apenas era ya capaz de levantar su bebida, rechazó la nueva ronda incapaz de continuar. Hicieron falta tres hombres para ayudarle a salir de local.

Creía que allí acabaría todo, pero Wesley  no pensaba igual. Ante el asombro general, juntó todo el dinero ganado y lo puso en la mesa, repitiendo la apuesta. Aquello me asustó. Wesley había bebido casi dos botellas de whiskey y continuar me parecía demasiado peligroso. Intenté convencerle de que abandonase pero se limitó a reír, mirándome con una extraña expresión de seguridad que no supe interpretar. Intenté levantarle por la fuerza, pero rápidamente dos matones del local me sujetaron por los brazos inmovilizándome.

El duelo se repitió no una sino tres veces más, ante mi mirada horrorizada y la fascinación asombrada del público. Nadie era capaz de comprender como aquel pequeño cuerpo podía soportar tan increíble castigo sin mostrar signo alguno de embriaguez.

Cuando el cuarto hombre tuvo que ser retirado entre vómitos, Wesley me miró de nuevo y puedo jurar que aquella mirada fue la más clara y limpia que le vi jamás. Su serenidad era increíble. Con un gesto de la mano dio por terminadas las apuestas y se levantó, recogiendo todas sus ganancias. Después, se acercó hasta mí pidiendo que me soltasen.

Me miró sonriendo e introdujo el dinero en el bolsillo de mi chaqueta, susurrándome al oído: “No lo necesito, por fin lo he conseguido”. Cuando, confundido, intenté impedir que introdujese aquel montón de dólares arrugados en mi bolsillo, el tacto de su piel me hizo asustarme de tal manera, que di un paso hacia atrás tambaleándome. Su mano estaba húmeda, resbaladiza y era extrañamente flexible. Tuve la impresión de que algo horrible le estaba pasando. Wesley dio un paso atrás sonriendo de nuevo. No puedo explicar el espanto que sentí al ver su dentadura completa milagrosamente.

Todas las personas que estaban en el bar se dieron cuenta de que algo extraño estaba sucediendo. El silencio era sepulcral. Poco a poco se fueron alejando, apretujándose en los límites del local, pero incapaces de abandonarlo, como si presintiesen que, aunque horrible, lo que estaba ocurriendo era algo fascinante que debían presenciar.

Wesley  cerró los ojos y eso fue el principio. Sus rasgos empezaron a diluirse, como si su rostro no fuese más que una máscara de cera a punto de derretirse. Su piel comenzó a volverse traslúcida, a la vez que todo su cuerpo empezaba a contraerse. Ante los ojos atónitos de todos los que estábamos allí, Wesley Key fue perdiendo coherencia física a medida que su cuerpo se diluía. En apenas unos minutos, lo único que quedaba de él era un charco de líquido transparente y un montón de ropa empapada.

No hace falta decir que se formó un gran escándalo cuando la gente, completamente espantada, abandonó el local, unos gritando y otros totalmente descompuestos ante el horrible espectáculo. Cuando la policía llegó, lo único que pudo certificar era que había un charco de whiskey y un montón de ropa en medio del local.

En los periódicos se dijo de todo, desde que se había tratado de una alucinación colectiva, hasta que la bebida estaba adulterada con algún alucinógeno que produjo el pánico general. El local, del que ya nadie recuerda el nombre, fue cerrado y en su lugar se construyó una torre de apartamentos.

Hoy en día, Wesley Key se ha convertido en un mito, pero era mi amigo y yo estuve con él aquella noche. Por eso, cuando alguien en tono de burla me cuenta la leyenda de un hombre llamado Whiskey, me levantó y saco de un cajón de mi cómoda un pequeño fajo de dólares, en el que existe una extraña huella dibujada, la huella de una mano húmeda que, aún hoy, huele terriblemente a whiskey barato.

FIN

Espero que hayáis disfrutado la lectura de esta obra. Podéis encontrarla, junto a otros relatos, en mi antología  «Historias en el Límite Volumen II»

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Siddhartha de Hermann Hesse

Hoy quiero recomendaros una novela, desde mi punto de vista, imprescindible: Siddhartha del premio Nobel de literatura de 1946, el escritor alemán Hermann Hesse. Una de esas obras capaces de trascender la tinta y el papel para convertirse en un auténtico fenómeno social.

Siddhartha fue escrita por Hesser en 1922 tras la primera guerra mundial. La historia relata la vida de un hombre hindú llamado Siddhartha, que dedica su vida a la búsqueda de la elevación espiritual.

Hesse no escogió el nombre de su personaje principal al azar. «Siddhartha» significa «aquel que alcanzó sus objetivos» o «todo deseo ha sido satisfecho». Y es precisamente esa búsqueda de la satisfacción de todos los deseos, lo que Hesse relata en su obra con un estilo claro, fácil de leer pero a la vez sensual y metafórico.

Siddhartha es en realidad la narración de un viaje que transcurre en dos planos de forma simultánea; el plano físico, con el recorrido vital de Siddhartha por incontables vivencias personales, y el plano espiritual, en el que Siddhartha va sufriendo una evolución emocional y espiritual. En definitiva, un auténtico recorrido por las esencias del espíritu humano, pletórico de elementos épicos, emotivos y trascendentes.

Siddhartha pasó casi desapercibida tras su publicación. Fue en los años 60, tras ser redescubierta por la juventud contestataria que surgía en el mundo, cuando se convertiría en todo un icono de la cultura popular. La obra supuso el descubrimiento de las religiones y cultura orientales para los jóvenes occidentales, influyendo decisivamente en el movimiento hippie o la posterior sicodelia de los años 70.

Sin embargo, a pesar de su enfoque orientalista, Siddhartha no debe encuadrarse en una ideología o un pensamiento religioso concreto. El mensaje que subyace en la novela es precisamente que no existe un solo camino a la verdad, ni tampoco una sola verdad. Cada persona debe buscar su propio camino y su propia verdad.

Por último os quiero dejar con las palabras del propio Herman Hesse, autor conflictivo donde los haya, donde definía así sus propias creencias:

Herman Hesse autor de Shiddartha

“No creo en nuestra ciencia, ni en nuestra política, ni en nuestra manera de pensar, y no comparto ni uno solo de los ideales de nuestro tiempo. Pero no carezco de fe. Creo en las leyes milenarias de la humanidad, y creo que sobrevivirán a toda la confusión de nuestra época actual… Creo que, pese a su aparente absurdo, la vida tiene un sentido”

Hermann Hesse

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