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Categoría: Obras Personales Página 13 de 14
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Quiero empezar hoy un relato homenaje a uno de mis autores favoritos H. P. Lovecraft. Desde mi punto de vista uno de los mejores escritores de terror que nos ha dado la literatura y del que podréis encontrar én mi blog un amplio reportaje y enlaces a sus mejores obras.
Aunque normalmente cuando escribo concibo la historia de principio a fin, aunque sólo sea en sus líneas generales, en esta ocasión quiero que sea diferente. Lo único que se ahora mismo sé con certeza, es cómo comienza. A partir de aquí, el resto es una incógnita. Espero que con vuestros comentarios me ayudéis a adentrarme en las escalofriantes aventuras que vivió Wortingthon Irvin Winsfeldman en un lugar desconocido de los Cárpatos. Aquí comienza….EL VISITANTE (1ª PARTE)
Cerrados, como unas fauces hambrientas sobre la garganta de su víctima, húmedos, como una amante ansiosa en el lecho marital, fríos, como el mármol de una tumba olvidada, oscuros, como el pensamiento de un poeta amargado, y misteriosos, como la mirada de un lobo bajo la luz de la luna. Así eran los bosques que rodeaban la olvidada villa de Horcal en los confines de las escarpadas cordilleras de los Cárpatos. Se decía de estos bosques que la madera talada de sus árboles, que ardía en los hogares del los horcaleños con lentitud agradecida, poseía un aroma ambarino, pegajoso al olfato y, según algunos, similar al de la sangre fresca.
Fuera o no verdad, lo cierto es que aquel pueblo escondido entre montañas, accesible sólo por medios rústicos desaparecidos hoy en día en la mayoría de lugares, y olvidado hace tiempo por los mapas modernos, desprendía un extraño olor, que para el visitante menos avezado podría confundirse con el olor a humedad proveniente de madera fresca, pero que para una nariz más entrenada se revelaría como totalmente irreconocible.
Wortingthon Irvin Winsfeldman llegó a aquel lugar una mañana temprano, proveniente de un lugar que el mismo nunca quiso confesar, pero que seguramente no era lejano a una gran ciudad, ya que sus andares refinados y su ropa elegante así parecían demostrarlo. El sol acababa de salir entre las montañas y la niebla aún persistía en algunos lugares, cuando el extranjero apareció andando en la calle principal, con una mochila entre sus hombros de la que sobresalían extraños aparatos totalmente desconocidos para los lugareños. La noticia de su llegada se extendió rápidamente entre los horcaleños y no fueron pocas las cabezas curiosas que se asomaron a sus ventanas para observar al peculiar desconocido.
Wortingthon se paró en medio de la calzada para contemplar el extraño pueblo al que había llegado y que no aparecía en sus mapas cuidadosamente diseñados. Las casas eran de madera muy oscura casi negra, los tejados, a dos aguas, eran increíblemente puntiagudos y estaban recubiertos de un material suave y brillante que no supo identificar. Los habitantes le miraban con curiosidad, pero ninguno parecía querer a acercarse a él lo suficiente como para iniciar una conversación, por lo que, de momento, hubo de conformarse con la información que la cuidadosa observación del lugar le proporcionaba.
La configuración del pueblo era tan peculiar como todo lo demás, las casas parecían situadas en extrañas hileras oblicuas entre si, formando seguramente algún tipo de dibujo. Cuando llegó, a lo que parecía el centro de la villa, se encontró ante una plaza de curioso aspecto hexagonal. Esperaba encontrar en ella algún edificio a modo de Ayuntamiento, pero, si lo había, fue incapaz de distinguirlo del resto, pues las casas eran todas idénticas entre si e iguales a las que viese desde que entrase en la villa.
En el centro de la plaza había un no menos extraño monumento, o algo que podría considerarse como tal. Se trataba de tres flechas esculpidas en una roca negra pulida parecida al basalto, que apuntaban al cielo, siendo la del centro de mayor altura a las de los lados. A Wortingthon se le antojó como un enorme tridente enterrado, del que sólo sobresalía el extremo.
Aquel extraño lugar producía un curioso fenómeno en el visitante, pues parecía que, se mirase en la dirección que se mirase, el paisaje contemplado era siempre el mismo. Hasta tal punto, que Wortingthon probablemente no hubiese sido capaz de saber por qué calle había llegado allí, de no haber sido por el monumento, que facilitaba, no sin esfuerzo, la orientación. Aturdido, escogió la calle, si podía llamársela así, a la que parecía señalar la flecha central y siguió andando por ella, seguro de no perderse y confiado en encontrar en algún lugar alguien con quien conversar.
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Mi primer novela, titulada Síndone, centra su trama en una de las reliquias religiosas más importantes y a la vez conflictivas de la historia: La Sábana Santa. Por eso, me ha parecido interesante dejaros aquí un breve artículo, que escribí hace tiempo, repasando su historia. Espero que os guste y os anime a investigar por vuestra propia cuenta sobre este fascinante objeto que nos ha legado la historia.
La Sábana Santa, también conocida como la Síndone de Turín, es una fina pieza de lino, que según la tradición, es el lienzo con el que fue envuelto el cuerpo de Jesucristo al ser bajado de la cruz y depositado en el sepulcro. Mide 4.41 m de largo por 1.13 m de ancho y muestra en su cara interior impresa la una imagen de un cuerpo que coincide con la Pasión y Muerte de Jesús según los Evangelios. Presenta lo que parecen manchas de sangre muy visibles y evidentes quemaduras y rastros de agua.
Su historia conocida comienza en 1357 cuando la viuda del caballero francés Geoffroy de Charny la expuso en una iglesia en Lirey, Francia (diócesis de Troyes). Desde el comienzo aparece inmersa en la controversia; en 1389, el obispo Pierre D’Arcis denuncia en una carta al papa de Aviñón que la imagen era un fraude, indicando que ya había sido denunciada anteriormente por su predecesor Henri de Poitiers, al que le extrañaba que no fuera mencionada en las Sagradas Escrituras. Pese a todo, Clemente VII prescribió indulgencias a los que peregrinaran al sudario, por lo que la veneración continuó, aunque no se le permitió el título de «Verdadero Sudario». En 1453 fue cedida a los Saboyas y siguió a la familia real cuando trasladó la capital en Piamonte. Desde 1694 está guardada en la maravillosa capilla que Guarino Gaurini construyó entre la Catedral y Palacio Real. Desde 1983 la Sábana Santa es propiedad de la Santa Sede, dejada en herencia por Umberto II de Saboya al Papa.
La Sábana Santa ha sufrido múltiples análisis a lo largo de los últimos años que no han sido capaces de dar aún una explicación plausible sobre su naturaleza. El 28 de mayo de 1898, Secondo Pía, al hacer las primeras fotografías descubrió que la imagen representada en la tela constituye un auténtico negativo. En 1977 expertos de la NASA, utilizando un ordenador descubrieron que la imagen tiene propiedades tridimensionales, que no pertenecen ni a las pinturas ni a las fotografías. Un año después, el biólogo y criminólogo suizo Max Frei Sulzer del Centro Internacional de Sindonología, tomó muestras del polvo de la Sábana y pudo comprobar la existencia de polen de flores de Palestina. También se ha encontrado aloe y mirra como la que utilizaban en el medio oriente los judíos para preparar los cadáveres, y Sobre los ojos hay huellas de monedas acuñadas en el año 29 D.C. bajo Poncio Pilato.
Los análisis de las huellas de sangre, hechos en el 1978 por Pierluigi Baima Bollone y otros, han indicado la presencia de sangre humana, del tipo AB. Se comprobó además la absoluta ausencia de pigmentos, tintas u otros medios de pintura en la Sábana Santa. La imagen es el resultado de deshidratación y oxidación de la celulosa contenida en las fibras en la superficie de la tela. Pero cómo se formó es aún un misterio.
Desde el campo de la medicina parece haber cierta coincidencia en afirmar que la representación de las heridas es anatómicamente perfecta y con detalles desconocidos en la antigüedad. Parece muy probable que el lienzo, envolviera un auténtico cadáver durante un período de 30 a 36 horas, como lo demuestran las setecientas heridas pequeñas y grandes calcadas sobre el lino por contacto.
En 1988 investigadores de los laboratorios de Oxford, Tucson, y Zurig realizaron pruebas de Carbono 14 al Santo Sudario, llegando a la conclusión de que la reliquia era un lienzo medieval cuya fecha se encuadraba entre 1260 y 1390. Parecía que un dato tan concluyente vendría a terminar con la controversia sobre el sudario demostrando su posible origen medieval, sin embargo, nuevos estudios científicos han puesto en duda la validez de estas pruebas de carbono 14. El químico Alan Adler, profesor emeritus de Western Conneticut State University dice que la tela que se tomó para las pruebas viene de una porción del Santo Sudario que tiene marcas de agua y quemaduras. Contiene además reparaciones que la hacen diferente al resto del Sudario. El científico ruso Dimitri Kouznetsov y el físico John Jackson sugieren que el perfil de carbono de la tela fue afectado por el fuego de 1532.
Más allá de todos estos análisis parece universalmente reconocido por todos los expertos de todas las tendencias que, independientemente de que la Sábana haya sido o no utilizada para envolver el cuerpo de Cristo en el siglo I, se trata de un caso arqueológico único en el mundo. Hoy día el lienzo es estudiado por treinta disciplinas diferentes.
Todos los días veía la televisión. Veía las películas de terror pero sabía que no debía sentir miedo porque todo era mentira. Veía las películas de acción pero no sentía vértigo porque todo eran efectos especiales. Veía comedias y me reía cuando las sonrisas enlatadas me lo indicaban. Veía dramas pero no lloraba porque todo era ficción. Veía concursos, pero no me alegraba cuando veía a otros hacer fortuna, porque sabía que la mía no cambiaría. Veía programas de cocina pero no podía saborear ni oler los platos recién cocinados. Veía programas de manualidades, pero no aprendía nada porque sabía que no tenía la habilidad para realizar aquellos objetos. Veía programas de deportes pero no sentía el cansancio o el esfuerzo de los deportistas. Luego empecé a ver documentales de naturaleza, pero no podía asentir la brisa ni oler la vegetación de aquellos lugares. Veía documentales de historia pero no sabía lo que aquellas personas de la antigüedad pensaban o sentían. Veía documentales de ciencia pero no los entendía porque no soy un científico. También empecé a ver los telediarios, pero no podía sentir el drama de las guerras o el terror de los atentados, porque no me parecían reales, tan sólo eran otras imágenes más; imágenes carentes de sentimientos, repetidas y mezcladas hasta perder su importancia.
Y un día dejé de ver la televisión y miré mi propia vida y tampoco pude sentir nada. La comida no tenía sabor, las flores carecían de olor y las personas no despertaban en mí ninguna emoción.
Aquel día me perdí en mi televisor.


