Caras cenicientas, peculiarmente oliváceas y tristes, le contemplaban con miradas perdidas y muertas, como si algo hubiese robado de aquellos lánguidos rostros el brillo de la vida. El hombre que levantaba la antorcha era, sin embargo, distinto a los demás. Su rostro alargado y de tez blanca como el mármol, parecía lleno de una extraña fuerza y maldad, que asomaba por sus ojos enrojecidos como una fuerza enloquecedora. Sus ropas también destacaban en medio del gentío. En vez de las telas anodinas y poco lustrosas del resto de habitantes del pueblo, aquel hombre lucía una túnica roja, probablemente de seda, repleta de adornos dorados que trazaban extraños dibujos retorcidos sobre su pecho y hombros. Se trataba con toda seguridad del sacerdote de aquella terrible comunidad.
Cuando Wortingthon consiguió observarle con mayor detalle, mientras se acercaba hacia él con la antorcha en la mano, algo le hizo volver a sentir un espanto irreprimible. Quizá, presa del terror, su mente comenzase a fallar en aquel momento, pero lo cierto es que creyó percibir como, debajo de aquella túnica de color sangre, extrañas formas parecían zigzagear y contornearse, como si alguna criatura que no se atrevía ni a imaginar, se encontrase allí agazapada. Sin poderlo evitar, volvió a gritar con toda la fuerza que sus pulmones exhaustos le permitieron.
Cuando agotado volvió a reclinarse, escuchó como aquel fanático sacerdote comenzaba a entonar un extraño cántico, en un lenguaje que le resultó imposible de identificar. La intensidad de la extraña letanía fue incrementándose y una extraña sensación comenzó a apoderarse de Wortinthong. En su mente comenzaron a formase imágenes y sonidos que le eran desconocidos y ajenos, pero que poco a poco fueron ganando en coherencia. Su mente estaba siendo invadida por recuerdos que no eran suyos, recuerdos lejanos de épocas pretéritas, tan lejanas, que resultaban casi imposibles de comprender para una mente humana.
Tierras y aguas se separaron de un maremágnum inicial sin sentido. Abismos insondables y cumbres vertiginosas se crearon y murieron ante sus ojos, mientras criaturas incipientes se arrastraban por unas superficies de tierra aún poco sólida. Aquellos pequeños organismos primitivos fueron ganando en complejidad hasta convertirse en criaturas monstruosas, de formas hoy olvidadas e imposibles de describir. Aquellos seres cobraron conciencia de sí mismos y, arrastrándose sobre sus tentáculos y extremidades deformes, comenzaron a transformar el mundo. Wortinghton pudo percibir sus mentes y comprendió que los recuerdos que sentía eran sus recuerdos.
Con horror percibió claramente la inhumanidad de aquellas inteligencias, carentes de valores humanos y llenas de una crueldad y una maldad casi insoportables. Las vio luchar entre ellas por el poder, mientras se multiplicaban, animadas por el odio y el desprecio a su propia especie. Al final, aquellas luchas fueron mermando su número, hasta el punto de que sólo sobrevivieron los más fuertes y crueles. Sin embargo, tras su vitoria despiadada, comprendieron que su mundo había quedado destruido por sus luchas brutales. Horrorizados, huyeron a ocultarse en simas sin fondo, hasta que pudieran volver a dominar una tierra productiva.
Fue entonces cuando Wortingthon supo que aquellas criaturas aún permanecían, después de eones escondidas y aletargadas, esperando su oportunidad para volver a sumir el mundo en el violento caos que las vio nacer.
Escrito por: Juan Carlos Boíza López



