Nº páginas: 48
J. Carlos Boíza López
Director Editorial

J. Carlos Boíza López
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Hoy quiero presentaros el segundo volumen de Cuentos Solidarios que lleva por título: La Curiosidad del Gato. Nos hemos reunido, una vez más, un grupo de escritores independientes para ofreceros algunas de nuestras mejores obras de forma totalmente desinteresada, movidos sólo por el convencimiento de que un mundo mejor es posible y que la literatura debe servir como herramienta privilegiada para lograr ese fin.
Los autores que intervienen en este número, entre los que me encuentro, son: Miguel Álvarez Torinos – Oscar Álvarez – Juan Carlos Boíza López – Antonio Castro – Yolanda Díaz de Tuesta Martín -Diego Jurado Lara – Federico Laurenzana – Eduardo Martos Gómez – Octavio Ponzanelli Ruiz – Antonio Pedro Grande Rey -Rudy Spillman.
Podéis descargaros de forma totalmente gratuita los volúmenes de Cuentos Solidarios, o adquirirlos a costes de impresión. La única condición de que, si disfrutas con la lectura de nuestros relatos, contribuyáis con alguna donación, no importa lo pequeña que sea, a alguna causa solidaria que contribuya a hacer de este mundo un lugar mejor para todos.
Los volúmenes de Cuentos Solidario podéis conseguirlos en:
Gracias por leernos y sobre todo, por vuestra solidaridad, El equipo de Cuentos Solidarios
Tamaño: 210×297 mm
Nº páginas: 48
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Editorial
Para conseguirlo hemos reunido las mejores obras inéditas de nuestros escritores, junto con artículos que tratan la actualidad literaria más candente. También os traemos las mejores herramientas, consejos y utilidades para facilitar la tarea del cualquier escritor y, en especial, de aquel que decida transitar por la complicada senda de la autoedición.
Esperamos que nos acompañéis en esta aventura que hoy iniciamos con el nuevo año, cargados de ilusión y amor por la literatura. Podéis acceder a una información más detallada en: www.masliteratura.com
J. Carlos Boíza López
Director Editorial
María sin nombre es un relato corto de Juan Carlos Boíza López contenido en «Historias en el Límite»
Aunque llevaba trabajando como enfermera en el hospital más de cinco años, nada me había preparado para lo que me esperaba en la sala de urgencias. Se trataba de una niña de no más de siete u ocho años, en cuyos rasgos se dibujaban las huellas del síndrome de Down. La pequeña miraba con ojos asustados a su alrededor, inconsciente del terrible estado de su cuerpo. La sangre corría sobre su rostro desde una herida punzante, que algún golpe brutal le había producido en pleno cráneo, y en sus brazos se alternaban cortes profundos y crueles quemaduras. No pude evitar recordar como mi padre apagaba sus cigarrillos en mis brazos, como castigo por haber sacado algún suspenso, mientras mi madre apartaba la mirada. Reprimiendo la angustia que sentía ante la saña y brutalidad con la que aquel pequeño cuerpo había sido maltratado, limpié sus heridas, hasta que la introdujeron en el quirófano, donde manos expertas se hicieron cargo de ella.
Al llegar a casa, no podía olvidar la mirada indefensa de aquella pobre niña, por lo que, a la mañana siguiente, lo primero que hice fue preguntar por la pequeña.
– ¡Pobrecilla! – exclamó la jefa de enfermería – ¿Te diste cuenta de que tenía Síndrome de Down?
– Claro– contesté impaciente –, pero ¿cómo está?
– Parece que se recuperará, aunque aún están haciéndole pruebas. Lo malo van a ser las secuelas; no recuerda nada y, en su condición, no parece fácil que recupere la memoria.
– ¿Y su familia?
– ¿Familia? ¿No has leído los periódicos? La encontraron en una cuneta de la carretera y nadie ha denunciado su desaparición. La policía cree que fue su propia familia la que la arrojó desde un coche en marcha.
– ¡Pero eso es monstruoso! – exclamé horrorizada.
– Sí, lo es – contestó la enfermera, bajando la mirada -. Algunas personas no aceptan tener hijos como ella y los apartan, tratándolos como animales o dejándoles morir.
Pasé el resto del día con el estómago revuelto y, esa misma tarde, pedí el traslado a cuidados intensivos. Sentía que mi deber era intentar ayudar a aquella pequeña. Al día siguiente, pude, por fin, acudir a donde estaba ingresada la niña. La encontré mejor de lo que esperaba. Aunque estaba conectada a una unidad de monitorización y lucía un aparatoso vendaje en la cabeza, no le habían puesto ventilación asistida. Un doctor estaba examinándola. Al consultar el historial, me llamó la atención el texto que aparecía en la cabecera: “Sin Nombre”.
– ¿Y esto? – pregunté al doctor.
– Nadie sabe cómo se llama – repuso, levantando los hombros.
– Mi madre decía que todas las mujeres eran Marías – exclamé, mientras con mi bolígrafo añadía delante: “María”.
Cuando el doctor abandonó la habitación, me acerque a la pequeña. Se había quedado profundamente dormida debido a la fuerte medicación. Observé su rostro tranquilo y me fijé en el moratón de una de sus mejillas. A mi mente acudió la imagen de mi madre abofeteándome el día en que, al cumplir los dieciocho años, le dije que me iba a vivir con Aitor.
Dos días después encontré a María despierta. Sus ojos, azules y redondos, estaban llenos de la luz de la inocencia. Miraba a su alrededor con curiosidad y expectación y, nada más verme, me saludo con un tembloroso “hola”. Noté como se estremecía al ver la bandeja en la que llevaba los útiles para hacerle un análisis de sangre.
– No te preocupes, cariño, no te voy a hacer ningún daño – le dije, acariciándole la mejilla.
Cuando acerqué la jeringuilla a su brazo, todo su cuerpo temblaba. Estuve a punto de tirar la maldita jeringa y estrecharla entre mis brazos, pero, al final, decidí realizar la extracción lo más suavemente que pudiera. Al terminar, le di un beso en la mejilla y ella me devolvió una sonrisa que me supo a gloria. Más tarde, le llevé un pequeño geranio que tenía en mi casa medio abandonado.
– ¡Está chunga! – exclamó, al ver el estado raquítico de la planta.
– No se lo digas a nadie – le susurré al oído -, es que soy un desastre como jardinera.
Empezó a reírse, con esa sinceridad y entrega de la que sólo son capaces los niños, consiguiendo que mi trabajo en el hospital se llenase de luz y alegría.
Poco a poco, el estado de María fue estabilizándose; el fantasma de una posible infección empezaba a alejarse definitivamente. Aprovechando su mejoría, le llevé unos rotuladores y un cuaderno para que se entretuviera dibujando. Nada más verlo, comenzó a garabatear con torpeza sobre el papel.
– ¿Tu no dibujas? – me preguntó.
– Me pasa como con las plantas, no se me da bien – le mentí.
La verdad es que la pintura había sido el único desahogo de mi infancia y que, cuando me casé, intenté convertirlo en una actividad profesional. Sin embargo, todo se torció cuando Aitor perdió su empleo en la fábrica. Sólo le ofrecían trabajos a tiempo parcial y pequeñas obras, lo que fue amargando su carácter. Nuestras broncas eran continuas, hasta que una mañana volvió a casa borracho y con un nuevo finiquito bajo el brazo. Yo estaba pintando un desnudo masculino, y, cuando Aitor lo vio, se sintió ofendido. Arremetió contra mí golpeándome con saña. Aquel día le abandoné a él y a la pintura para siempre.
La mejoría de María continuó y dos días después dio sus primeros pasos por la habitación.
– ¿Tienes novio? – me preguntó, dejándome sorprendida.
– No – atiné a responderle.
– ¿Por qué? – insistió.
– No sé…- dudé
– ¿Y a ti? ¿Te gusta algún chico? – bromeé.
– María no puede tener novio, María es fea – contestó, bajando la mirada.
– ¡Eso no es cierto! –repuse indignada- Eres la niña más bonita del mundo, cuando seas mayor tendrás novios a montones.
Su rostro se iluminó y, echándome sus manitas alrededor del cuello, me regaló el beso y el abrazo más sinceros que he recibido jamás. No pude evitar que algunas lágrimas resbalasen por mi mejilla. Aquella fue la primera y la última vez que pude tenerla entre mis brazos. Al día siguiente, cuando me incorporé al turno de mañana, el doctor de guardia me estaba esperando.
– Ha ocurrido algo terrible – me dijo.
– ¿De qué estás hablando?
– Se trata de María– repuso.
– Anoche entró en coma.
– ¿Cómo es posible? –pregunté, intentando reprimir el nudo que se estaba formando en mi garganta– Ayer estaba perfectamente.
– Tenía un coágulo en el lóbulo frontal que no habíamos visto en el TAC. No hemos podido hacer nada, ha muerto hace una hora.
El doctor me dijo que me tomase el día libre y me fuese a casa. Pero, aunque el golpe fue tan duro que apenas era capaz de tenerme en pie, quise ir una última vez a la habitación de María. Al entrar, creí por un instante que María me recibiría en la cama con su mirada de curiosidad y su sonrisa inocente, pero sólo un amasijo de sábanas me dio la bienvenida. En un rincón estaba el cuaderno que le había regalado. Fui hojeando sus primerizos en inseguros dibujos, hasta llegar a uno en el que había pintado a una niña con la cabeza envuelta en vendas junto a una enfermera y, en medio de las dos, un enorme corazón rojo. No pude reprimir más tiempo mis lágrimas y rompí a llorar con desesperación. Eran lágrimas de pena, sí, pero también de indignación y rabia, lágrimas reprimidas desde mucho antes de conocer a María.
Estaba a punto de irme, dejando todo atrás, cuando reparé en el pequeño geranio que le había regalado. El día anterior estaba mustio y raquítico, pero ahora estaba lleno de vida y repleto de pequeñas flores sonrosadas. Aún sin comprender muy bien por qué, aquello hizo que mis lágrimas se convirtieran en una pequeña sonrisa. Esa misma tarde, desempolvé mi viejo estuche de pinturas al óleo y pinté un retrato de María, a cuyo lado puse su hermoso geranio en flor. Desde ese día, mi casa y mi vida se llenaron de una nueva luz. Puede que nunca llegue a saber quién era realmente mi pequeña María Sin Nombre, pero lo que sí sé, es que, en el poco tiempo que tuve el privilegio de conocerla, ella me ayudó a recordar quién era yo.
El escritor madrileño Jorge Martínez Reverte acaba de publicar su último libro El arte de matar, en el que aborda la guerra civil española, retratando a un Francisco Franco con poco talento militar pero mucha astucia política.
Jorge Martínez Reverte nació en Madrid en 1948, es periodista y escritor especialmente dedicado a temas relacionados con la historia. Ahora acaba de presentar su último libro, El arte de matar, en el que afronta sin tapujos la guerra civil español, ironizando sobre el hecho de que se pueda llamar arte al crimen atroz de matar. La obra aporta, tras una cuidadosa investigación, un nuevo punto de vista sobre lo ocurrido entre el 18 de julio de 1936 y el 1 de abril de 1939.
En una entrevista a la agencia EFE, describe las conclusiones principales a las que ha llegado en su obra. Para él, el general Franco era “un personaje de catadura moral baja; un tipo frío, enormemente ambicioso y con escaso talento militar pero mucha capacidad para analizar bien las situaciones políticas y aprovecharse de ellas». El escritor considera «evidentemente no le importaba nada matar, como demuestra el hecho de que mató más fusilando después de la guerra que en combate».
Para Reverte, el éxito de Franco se debió a su arribismo y a su habilidad para jugar sus bazas políticas, ya que era «un tipo sin ningún carisma, a lo cual ayudaba su voz aflautada y su baja estatura, pero muy decidido y con una gran capacidad de convencimiento” En cuanto al desarrollo de la guerra civil, Reverte destaca que el gran error de la República fue su incapacidad para lograr una unidad política clara, que les permitiera abordar una estratega militar única.
Destaca especialmente la obsesión de Negrín y Rojo, por en mantener una actitud ofensiva «cuando no tenían ejército para ello». Curiosamente, Jorge M. Reverte, adjudica la principal responsabilidad de la derrota de la república a manos del bando nacional, a Inglaterra ya que «quería que se acabara el conflicto cuanto antes e hizo un boicot a la República con la idea falsa de que ésta iba a conducir a España a un régimen comunista».
El arte de matar es toda una apuesta arriesgada y comprometida, en un momento en que intenta volver a echarse tierra a la memoria de los perdedores, para impedir el reconocimiento de los crímenes del franquismo, en una auténtica campaña contra la recuperación de la memoria histórica desde los medios más conservadores.
Respecto a esta polémica, Reverte es muy claro al mostrarse partidario de «recuperar totalmente la memoria histórica; de contar toda la verdad en todas las direcciones. Contar la verdad no reabre heridas, más bien contribuye a cerrarlas».
Publicado originalmente en Espaciolibros
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