Los misterios de Sir Arthur Conan Doyle
Los misterios de Sir Arthur Conan Doyle

Los misterios de Sir Arthur Conan Doyle. Volvemos con una nueva entrega de Misterios de la Literatura. Esta semana le ha llegado al turno ni más ni menos que a Sir Arthur Conan Doyle, conocido universalmente por ser el creador de Sherlock Holmes. Un autor que de ninguna manera podía dejar de estar en esta sección, ya que si algo caracterizó su vida fue el misterio en todas sus dimensiones. Así que pongámonos a ello.

Arthur Ignatius Conan Doyle nació en Edimburgo, Escocia, el 22 de mayo de 1859. Creció en una familia numerosa de entre 9 o 10 hermanos. Su padre era el arquitecto Charles Altamont Doyle, proveniente de una familia de ilustradores y caricaturistas. Algo que él también el practicaba por lo que llegó a ilustrar la primera edición de la obra de su hijo “Estudio en escarlata”. Su madre, Mary Foley, era una mujer irlandesa, hogareña, pero también una mujer de letras, lectora apasionada y profundamente imaginativa. Ella fue, probablemente, quien despertó el gusanillo de la literatura del pequeño Arthur Conan Doyle.

No fue una infancia fácil. El alcoholismo creciente de su padre fue llevando a la familia a graves problemas económicos. En 1864 la familia tuvo incluso que separarse durante 3 años, yendo los hermanos a residir temporalmente a diversas instituciones. Finalmente, en 1867 la familia se reunió de nuevo alquilando unas habitaciones en una casa de huéspedes.

Afortunadamente y gracias al apoyo económico de sus tíos, en 1868, Arthur Conan Doyle, pudo acceder a una buena educación en diversos colegios de la orden de la Compañía de Jesús.  En 1876, comenzó la carrera de Medicina en la Universidad de Edimburgo, donde curiosamente destacó como deportista y conoció al médico forense Joseph Bell, del que ya os hablaré más en profundidad porque es la figura inspiraría al personaje de Sherlock Holmes.

Artur Conan Doyle empezó a escribir y publicar historias cortas mientras estudiaba medicina, aunque esto no le impidió doctorarse y llegar a ejercer como cirujano durante seis meses, a principio de 1880, en un ballenero llamado The Hope. Un años después y acabados sus estudios volvería a embarcare como médico, en esta ocasión en el buque SS Mayumba en su viaje a las costas de África Occidental.

En 1882 intentó establecerse como médico por su propia cuenta en Portsmouth, sin demasiado éxito, por lo que volvió a la literatura con nuevas historias inspiradas en sus viajes marinos, que fueron publicados sin demasiada pena ni gloria. En 1885 se casó con Louise Hawkins, más conocida como Touie, con la que tuvo dos hijos: Mary Louise (1889-1976) y Arthur Alleyne Kingsley (1892-1918).

Una vez más, en 1887 se mudó a Londres para ejercer de oftalmólogo. Sin embargo, el destino le volvió a dejar claro que la medicina no era su futuro y, como él mismo reconoció en su biografía, ningún paciente entró en su clínica. Esto, para fortuna de todos nosotros los lectores, le llevó a lanzarse definitivamente a la escritura dando a luz al personaje que lo haría inmortal, Sherlock Holmes. A partir de aquí su carrera literaria despegaría hasta lanzarle a una merecida fama.

Arthur Conan Doyle fue también un hombre interesado en la política y comprometido. En 1900, tras escribir su libro más largo «La guerra de los bóeres», se presentó como candidato para la Unión Liberal. A pesar de que ya entonces era un personaje querido y muy respetado no logró la elección. En 1902, tras escribir un artículo titulado «La guerra en el sur de África: causas y desarrollo», que alcanzó gran difusión, fue nombrado caballero de la Orden del Imperio Británico en 1902, otorgándole el tratamiento de sir.

Sin embargo, la desgracia esperaba a la vuelta de la esquina y el 4 de julio de 1906, su mujer pereció de tuberculosis a pesar de haber acudido con toda su familia a Suiza para intentar que se repusiera. Sólo un año después de casaría de nuevo, en esta ocasión con la médium Jean Elizabeth Leckie, a la que al parecer llevaba unido por un amor platónico más de 20 años. Con ella tendría de tres hijos más: Jean Lena, Denis Percy Stewart y Adrian Malcolm.

Al estallar la Primera Guerra Mundial en 1914, Arthur Conan Doyle volvió a demostrar su compromiso político, intentando alistarse, a sus 55 años, como simple soldado raso. Lógicamente fue rechazado, pero aun así fue al frente de batalla y reportó los acontecimientos para el Ministerio de Relaciones Exteriores de Gran Bretaña.

Sir Arthur Conan Doyle murió en Crowborough, East Sussex (Inglaterra), el 7 de julio de 1930 de un ataque al corazón. Tenía 71 años de edad y en su honor se erigió una estatua que se encuentra en esa localidad, donde residió durante 23 años. Fue enterrado en el cementerio de la iglesia de Minstead en New Forest, Hampshire.

Sir Arthur Conan Doyle fue uno de los grandes escritores del siglo XX. Aunque los 56 relatos y cuatro novelas que escribió sobre Sherlock Holmes opacaron el resto de su obra, lo cierto es que fue un autor prolífico que barco todo tipo de temáticas. Se le calculan entre veinte y treinta obras de ficción, libros de historia sobre dos guerras, varios títulos de ciencia paranormal, tres de viajes, uno sobre literatura, varias obras de teatro, dos libros de criminología, dos panfletos políticos, tres poemarios, un libro sobre la infancia y una autobiografía.

Pero más allá de todo esto, Sir Arthur Conan Doyle estuvo rodeado de misterio y no sólo en sus obras de ficción. Se trató sin duda de uno de esos escritores en los que ficción y realidad llegan a mezclarse hasta hacerse casi indistinguibles. Por eso llega el momento de repasar algunos de los grandes misterios de Sir Arthur Conan Doyle.

Sir. Arthur Conan Doyle y el espiritismo

Aunque parezca paradójico, el creador de uno de los personajes más racionales y defensores del método científico como Sherlock Holmes, fue también un profundo creyente en el mundo del más allá y especialmente en el espiritismo.

Sir Arthur Conan Doyle se vio muy influenciado por sus experiencias en el campo de batalla durante la Primera Guerra Mundial. Estas experiencias traumáticas junto a la muerte de su hijo Kingsley que falleció a causa de una neumonía en 1918, y de su propio hermano, el Brigadier General Innes Doyle, en 1919, hicieron que volcase en la búsqueda de la espiritualidad y el esoterismo.

Sólo 2 años después el escritor se vio envuelto en uno de lo casos más curiosos de la historia del espiritismo; la aparición de unas fotos que probaban la existencia de las hadas.

La historia comenzó en el jardín de una casa en la aldea de Cottingley, cerca de la ciudad inglesa de Leeds. Elsie Wright y su prima Frances Griffiths pasaban aquel verano de 1917 jugando en el jardín, junto a un arroyo, según ellas, con hadas.

Griffiths había llegado de Sudáfrica con su madre, para vivir con su tía, su tío y su prima Elsie en el condado de Yorkshire, en Inglaterra, mientras su padre peleaba en la Primera Guerra Mundial. Las dos niñas solían jugar en el jardín todo el tiempo y volvía con la ropa, los zapatos y las medias sucias. Para justificarse solían decir que querían jugar en el jardín porque jugaba con hadas.

En 1920 las dos niñas dijeron haber fotografiado a las hadas en el jardín de la casa en la que vivían, en el norte de Inglaterra. Elsie Wright describiría en la BBC siendo ya adulta lo que había visto entonces:

«Este es el lugar donde vi el gnomo. Yo estaba aquí y Frances estaba allí, con la cámara. El gnomo venía de atrás de un árbol y caminó hasta donde yo estaba. Me pareció que me iba a tocar y extendí el brazo, pero desapareció. Ellos eran así, se acercaban y después desaparecían»

Las fotos que presentaron las madres de las niñas, eran de gran calidad para la época. De hecho, las hadas no tienen apariencia etérea, sino que, por el contrario, eran bastante sólidas, lo que llamó rápidamente la atención de los medios.

Sir Arthur Conan Doyle, se interesó en el caso y, tras encargar un estudio de las imágenes, escribió un controvertido artículo en el Strand Magazine titulado «Hadas fotografiadas: un suceso memorable», en el que defendió su autenticidad. Posteriormente incluso escribiría un libro «El misterio de las hadas» (1921) en el que trataría el tema con más profundidad.

La realidad se supo 50 años después de la muerte de Doyle. En 1981 en una entrevista realizada por Joe Cooper para la revista The Unexplained,​ las primas declararon que las fotografías eran falsas; habían sujetado recortes con alfileres de sombrero. Lo más sorprendente es que el motivo por el que mantuvieron tanto tiempo su mentira fuer, según explicó Elsie Wright, porque habían estado demasiado avergonzadas para admitir la verdad después de engañar al autor de Sherlock Holmes.

Es justo también reconocer que a pesar de reconocer que las fotos eran falsas, sus autoras mantuvieron hasta el final que las como las meigas, haberlas hay las y que efectivamente en su jardín vivían hadas.

¿Existió Sherlock Holmes?

Puede que esta pregunta os resulte extraña, pero el personaje de Sherlock Holmes de Sir Arthur Conan Doyle, fue caracterizado con tal perfección por su autor, que muchas preguntas han llegado a dudar si realmente había existido. Como anécdota basta comentar que aún hoy se reciben múltiples cartas en el número 221B de la calle Baker, en Londres, la dirección ficticia inventada por Doyle para el famoso detective, en la que se solicitan sus servicios.

Lo cierto es que, aunque pueda sorprenderos, existe un personaje real en el que el escritor se basó para crear a Holmes. Su nombre era Joseph Bell (1837-1911), un famoso cirujano y profesor de la Enfermería Real de Edimburgo.

Sir Arthur Conan Doyle le conoció durante sus estudios se medicina. De él se comentaba con asombro que, tras echar un vistazo al aspecto y vestimenta de un paciente, deducía su vida y sus costumbres con increíble precisión. Estas asombrosas facultades asombraron al joven Doyle que posteriormente lo describiría así:

«Bell era un hombre muy notable física y mentalmente. Enjuto, nervudo, moreno, de rostro afilado y nariz poderosa, ojos grises penetrantes, hombros angulosos y andares renqueantes. La voz, aguda y disonante. Cirujano muy mañoso, su punto fuerte era, sin embargo, el diagnóstico, y no sólo de la enfermedad sino también de la profesión y carácter del pacien­te.

Por alguna razón que nunca he logrado adivinar, de entre el montón de estudiantes que frecuentaban sus salas me escogió a mí para ayudarle a atender a los pacientes externos, lo que significaba que yo tenía que ocuparme de darles cita, escribir notas sencillas sobre sus casos y luego hacerlos entrar, uno a uno, a la gran sala, que presidía mayestáticamente Bell en medio de una cohorte de ayudantes y alumnos. Aquello me permitió estudiar sus métodos de cerca y comprobar que él obtenía más datos del paciente con unas cuantas ojeadas que yo con mi sarta de preguntas”.

Lo cierto es que tanto mental como físicamente Sherlock Holmes debe mucho al doctor Bell, aunque también hubo otra influencia, en esta ocasión literaria, que le sirvió de inspiración y que es justo recordar: el detective C. Auguste Dupin salido de la increíble imaginación de otro de esos grandes genios a los que hemos dedicado un capítulo de Misterios de la literatura: Edgar Allan Poe.

En cuanto al ayudante abnegado de Holmes, el buen doctor Wartson, no hace falta decir que Arthur Conan Doyle se basó en si mismo para el personaje. Doctor como él, excombatiente en la guerra como él y médico poco afortunado en sus consultas particulares, como él mismo. Eso sí, a quien realmente quería parecerse Doyle era a Holmes, a quien no dudó en emular como criminólogo en varios casos reales, como veremos a continuación.

Sir Conan Doyle metido a investigador privado

La fama de Sherlock Holmes y su autor Arthur Conan Doyle llegó a tal punto que sus lectores empezaron a confundir al autor con su propio personaje. La verdad es que la gente no estaba tan equivocada ya que Sir Arthur Conan Doyle se convirtió en un criminólogo avezado que no dudó en aplicar el método Holmes a casos reales, con notable éxito la verdad.

El caso de Adolf Beck

Uno de ellos fue el extraño caso de Adolf Beck, un agente naviero noruego acusado de una serie de estafas contra mujeres en 1895, después de que una testigo le reconociera en plena calle. Beck fue acusado de diez delitos menores y cuatro delitos graves. Beck fue identificado también por un policía como un hombre que se hacía llamar John Smith, condenado a cinco años de trabajos forzados en 1877 por robar los pendientes, un anillo y once chelines a una mujer llamada Louisa Leonard.

De nada sirvieron las protestas de Beck que aseguró que tenía testigos que podían demostrar que se encontraba en Sudamérica en 1877. El 5 de marzo de 1896 Adolf Beck fue declarado culpable de fraude y sentenciado a siete años de servidumbre penal en la Prisión de Convictos de Portland en la Isla de Portland.

Sir Arthur Conan Doyle investigó el caso en profundidad aplicando el método Sherlock, como se dio en llamar en los medios. Sus conclusiones fueron que Beck era inocente y que había pruebas claras de que se encontraba en Sudamérica cuando se produjeron sus supuestos delitos. Todo apuntaba a un error de identificación por parte de las víctimas.

En 1901, Beck fue puesto en libertad tras cumplir su condena, pero su mala suerte aún no había acabado. El 22 de marzo de 1904, un sirviente llamado Paulina Scott presentó una denuncia de que un hombre de pelo gris y aspecto distinguido la había abordado en la calle, le había hecho cumplidos y luego le había robado sus joyas. El inspector que tomó la denuncia estaba familiarizado con el caso de Beck y asumió que él debía ser el culpable. Beck volvió a ser arrestado y juzgado el 27 de junio en Old Bailey ante Sir William Grantham.

Cinco mujeres lo identificaron y, con base en esta identificación positiva, fue declarado culpable por el jurado. El juez, sin embargo, se mostró insatisfecho con el caso y expresó algunas dudas al respecto. Afortunadamente, a pesar de las garantías del Ministerio del Interior y la policía sobre la culpabilidad de Beck, decidió posponer la sentencia.

Sin embargo, para fortuna de Beck y alegría de Doyle, que seguía defendiendo su inocencia la verdad salió a la luz diez días después. El 7 de julio, el inspector John Kane del Departamento de Investigación Criminal fue informado de la detención de un hombre que había intentado estafar a un par de actrices desempleadas esa tarde y había sido aprehendido en una casa de empeños. El modus operandi coincidía con el atribuido a Beck, pero éste en ese momento estaba en la cárcel.

Tras investigar al detenido, este resultó ser Wilhelm Meyer, nacido en Viena. Un estafador que había utilizado diversos seudónimos como William Thomas, William Wyatt, William Weius y, por supuesto, John Smith. Era el verdadero autor de los delitos atribuidos al pobre Adolf Beck desde un principio, como el propio Meyer terminó confesando. Al final, tal y como Sir Arthur Conan Doyle había defendido, se había tratado de un caso de identificación errónea.

Beck recibió el perdón real el 29 de julio de 1904 y una compensación de 2000 libras y su caso sirvió para establecer el Tribunal de Apelación Penal, hasta ese momento inexistente en Gran Bretaña.

El asesinato de Marion Gilchrist

Sin embargo, hubo otro en el que Conan Doyle se involucró más profundamente demostrando que no estaba tan lejano de su propio personaje Sherlock Holmes.

Marion Gilchrist era una mujer adinerada de 82 años que vivía en Glasgow, con su doncella, Helen Lambie, de 21 años. Alrededor de las 7 de la noche del 21 de diciembre de 1908, Lambie salió a comprar el periódico vespertino, como solía hacer a diario; cerró las dos cerraduras de puerta del apartamento con llave, así como la puerta del hall de salida.

Al poco rato, un vecino que vivía en el apartamento de debajo, oyó un fuerte golpe, por lo que subió por si su vecina necesitaba ayuda. Aunque llamó al timbre nadie le abrió por lo que bajo de nuevo a su casa, pero allí sus hermanas le insistieron en que volviera a subir. En esta ocasión coincidió con Helen Lambie, que volvía con el periódico, a la que contó lo que había ocurrido.

Ambos entraron a tiempo de ver a un hombre bien vestido que salía de la casa caminando con calma. Ambos asumieron que se trataba de algún invitado y no le dieron mayor importancia. Tras revisar la cocina y la habitación principal, Lambie dijo que todo estaba en orden.  Sin embargo, cuando Lambie fue al salón, descubrió el cuerpo de Marion Gilchrist en el piso, con una alfombra en la cabeza. Estaba viva pero inconsciente y murió a los pocos minutos. Había sido golpeada brutalmente y tenía la cara destrozada.

Cuando se registraron las pertenencias de la desafortunada mujer se descubrió que faltaba un broche de diamantes.

La policía, acuciada por la opinión pública que clamaba por un culpable para tan atroz crimen, encontró rápidamente el sospechoso ideal. Un judío de origen alemán llamado Oscar Slater, fue descubierto 5 días después, mientras intentaba vender un boleto de empeño por un broche de diamantes. Oscar Slater vivía cerca de la víctima y, además, había tomado un barco con destino a Nueva York y viajaba bajo un nombre falso, en lo que todo parecía apuntar como la huida de un asesino.

Al llegar a Nueva York, Slater fue sorprendido por las autoridades. Cuando se enteró de lo que ocurría, exigió permiso para regresar a Escocia a limpiar su nombre.

El juicio fue un mero trámite. Aunque se descubrieron claras inconsistencia como que el broche empeñado no era el robado, sino que pertenecía a Slater, que lo había empeñado varias semanas antes del asesinato. Incluso aparecieron testigos que podían confirmar que Slater estaba en otro lugar en el momento del asesinato.

Pero nada de todo esto sirvió ante el prejuicio institucional de la época capaz de aportar pruebas tan sólidas como la antropología criminal -método en boga en la época- que afirmaba que bastaba con observar los ojos furtivos, la forma de su boca y, particularmente, el tamaño de su nariz para saber que era capaz de hacer algo realmente malo. Además, Slater vivía con una prostituta y hablaba un pésimo inglés, así que estaba claro que tenía que tratarse sin duda alguna de un criminal.

Oscar Slater fue condenado a muerte el 27 de mayo de 1909.

Afortunadamente una parte de la sociedad inició una campaña en contra de la sentencia y el abogado de Slater, Ewing Speirs, logró reunir 20.000 firmas solicitando la conmutación de la pena de muerte a una vida tras las rejas por motivos de pruebas circunstanciales. Esta presión surtió efecto y, 48 horas antes de que se cumpliera su destino en el cadalso, su sentencia se redujo a cadena perpetua con trabajos forzados.

Sir Arthur Conan Doyle se vio rápidamente atraído por el caso, por lo que decidió aplicar, una vez más, el método Sherlock, investigando el caso en profundidad. Su esfuerzo dio fruto y fue capaz de hallar nuevas pruebas y testigos no llamados que cuestionaban claramente las pruebas de la acusación.

Doyle descubrió que si Slater viajó bajo un nombre falso no era porque huyese de la policía sino porque iba con su amante y trataba de evitar ser descubierto por su esposa. Además, demostró que, un martillo que poseía Slater y que se había presentado como el arma homicida, no era lo suficientemente grande y firme como para infligir el tipo de heridas que Gilchrist había sufrido. De hecho, Conan Doyle con la ayuda de un médico forense apuntó que la verdadera arma homicida usado por el criminal fue una silla grande y llena de sangre, que estaba en el lugar del crimen. También apuntó Doyle, que Gilchrist conocía a su asesino y le había abierto la puerta, pues no había señales de entrada a fuerza.

Sus hallazgos se publicaron como una súplica para el perdón de Slater en un panfleto titulado «El caso de Oscar Slater» en 1912. A pesar de la gran repercusión de su escrito, Arthur Conan Doyle no logró que se repitiera el juicio, debido a la cerrazón de las autoridades en Glasgow.

Hubo que esperar a 6 años después de la condena, cuando en 1914 se encontró un nuevo testigo que verificaba que Slater no había estado en ese apartamento cuando tuvo lugar el asesinato. Además, se descubrió que la doncella Helen Lambie, que se suponía que había identificado a Slater como el hombre que había visto el día del asesinato, en realidad le había dado a la policía otro nombre, que las autoridades habían decidido ignorar.

Ese año las autoridades ordenaron que se hiciera una investigación secreta. Un oficial de policía respetado, el teniente detective John Thompson Trench, reveló información ocultada en el caso policial original que implicaba a uno de los familiares de Gilchrist. Aun así, la investigación declaró nuevamente que la condena de Slater era justa y Trench fue despedido, desacreditado y finalmente incriminado por tomar parte en esta investigación. Afortunadamente, Trench guardó un documento del caso original que demostraba la veracidad de sus afirmaciones. Cuando murió en 1919, su viuda se lo envió a Sir Arthur Conan Doyle.

Ese documento, junto con un mensaje secreto del desesperado Slater sacado clandestinamente de la prisión, reavivó el interés de Conan Doyle que decidió volver una vez más al caso. Decidido a usar toda su influencia, el escritor no dudé en escribir a políticos e incluso utilizar su propio dinero para financiar los honorarios legales de la defensa de Oscar Slater.

18 años después de la condena, en 1927, se publicó un libro del periodista de Glasgow, William Park «La verdad sobre Oscar Slater», donde llegaba a las mismas conclusiones de Conan Doyle. Los medios estallaron de nuevo con el caso y se descubrió como la fiscalía había manipulado a los testigos para asegurar la condena Slater.

Finalmente, el 8 de noviembre de 1927, el secretario de Estado de Escocia autorizó la liberación de Oscar Slater, tras estar más de 18 años y medio en prisión. Se le compensó con 7000 dólares de la época, aunque nunca fue oficialmente exculpado.

Como anécdota, es curioso el dato de que Sir. Arthur Conan Doyle, al conseguir la salida de la cárcel de Slater, le reclamó los gastos de su defensa. Sin embargo, éste le respondió que no debería ser él quien pagara la defensa por un crimen que pagó, pero que no cometió.

De esta forma, Sir Arthur Conan Doyle demostró con este caso que sus dotes como detective estaban a la altura de su homólogo literario Sherlock Holmes, pero también que a veces lograr que se haga justicia puede salir muy caro.

Jack el Destripador

Obviamente, los crímenes más famosos de finales del siglo XIX fueron los de Jack el Destripador y Sir Arthur Conan Doyle no tuvo más remedio que implicarse en el caso.

He de confesaros aquí, pero que quede entre nosotros, que mi próximo libro que está ya calentando motores y verá la luz en enero, es precisamente una investigación sobre Jack el Destripador. Os dejo el enlace al primer video promocional del libro. Ya os daré más detalles en próximos video artículos, pero por ahora baste este apunte para que entendáis que este tema lo conozco en profundidad.

Sir Arthur Conan Doyle junto a sus colegas del Crime Club, siguió los pasos de Jack por las peores calles del East End y, en diciembre de 1892, visitó además las instalaciones del Black Museum de Scotland Yard. Entre sus aportaciones a la investigación destacan su sugerencia de que el asesino podía ser una mujer lo que explicaría así la facilidad para acercarse a sus víctimas y el hecho de que estas no hubieran sido agredidas sexualmente. De hecho, llegó a sugerir que se utilizasen policías vestidos de mujeres para intentar tender una trampa al asesino. También sugirió la utilización del análisis grafológico de las cartas atribuidas al criminal y su publicación para intentar que algún conocido reconociera la letra.

La realidad es que nunca se capturó a Jack el Destripador y que, desde entonces, las teorías sobre su identidad no han hecho más que multiplicarse. Y, entre todas estas teorías, destaca una realmente asombrosa. Y es que el grafólogo español Jesús Delgado, en su obra “Informe policial: La verdadera identidad de Jack el destripador” que el propio Sir Arthur Conan Doyle era el asesino escondido tras la máscara del Destripador.

Tan peregrina afirmación surge en base a un perfil criminal elaborado por Jesús Delgado y a las similitudes entre la letra de una de las cartas del asesino (la misiva encabezada por el famoso «desde el infierno, Mr. Lusk») y la del propio Conan Doyle. Además, hay que recordar que Sir Arthur Conan Doyle era médico de profesión, lo que justificaría los supuestos conocimientos anatómicos del Destripador.

Con todo mi respeto para esta obra, que os recomiendo, de mi propia investigación, que verá la luz muy pronto, se desprende una realidad tras los crímenes diametralmente opuesta a esta teoría. Pero eso ya es otra historia….

Sin embargo, lo interesante es que existe una acusación completamente distinta de la elaborada por Jesús Delgado, en la que Arthur Conan Doyle también es apuntado como un posible asesino.

¿Fue Arthur Conan Doyle un asesino?

Este nuevo misterio alrededor de Doyle surge tras la publicación en agosto de 1901 de una historia titulada «El sabueso de los Baskerville», que fue publicada por entregas en el The Strand Magazine a lo largo de ocho meses (hasta abril de 1902, año en el que apareció publicado en un libro de un solo volumen).

Esta novela acabó por convertirse en uno de los libros más importantes y vendidos de la historia de la literatura de ficción. El problema bien de que no fue una historia originalmente pensada y desarrollada por el propio Arthur Conan Doyle, sino que recibió ayuda externa de un joven periodista y escritor llamado Bertram Fletcher Robinson.

Doyle conoció a Fletcher en 1900 durante un viaje en barco desde Ciudad del Cabo (Sudáfrica) hasta Southampton (Reino Unido). Durante el viaje trabaron amistad y, unos meses después, a inicios de 1901, Bertram Fletcher volvió a contactar con Conan Doyle para hablarle de una historia en la que podría encajar perfectamente el personaje de Sherlock Holmes. Era un relato basado en una leyenda popular que, según decían, había tenido lugar en el condado de Devon y que tenía como protagonista a un fantasmagórico perro.

Doyle aceptó la sugerencia de Fletcher y «El sabueso de los Baskerville» fue publicado. De hecho, inicialmente Fletcher aparecía nombrado en los créditos del libro, aunque en posteriores ediciones su nombre desapareció. Fletcher colaboró con Doyle también como autor de la idea original tras el relato «El constructor de Norwood», publicado en 1903.

Pues bien, el 21 de enero de 1907, Bertram Fletcher falleció repentinamente a los 36 años de edad a consecuencia de una peritonitis. Y es aquí donde surge el misterio, ya que en 2007, cien años después, Rodger Garrick-Steele, un psicólogo jubilado que se había retirado a vivir a la casa donde residió Bertram Fletcher Robinson, presentó una serie de documentos en los que señalaba que Sir Arthur Conan Doyle estuvo detrás de aquella muerte.

Según el señor Garrick-Steele y su obra «La casa de los Baskerville», el creador de Sherlock Holmes habría mantenido una relación sentimental adúltera con Gladys Hill Morris, esposa de Bertram Fletcher Robinson y con la ayuda de esta se le suministró ‘láudano’ (compuesto químico de extracto de opio). Con la muerte de Fletcher, Conan Doyle se aseguraba que en un futuro este no haría pública su autoría sobre la novela «El sabueso de los Baskerville» y otras que habría escrito y que, en los siguientes años, se las atribuiría el célebre escritor británico.

Se llegó incluso a solicitar la exhumación de los restos de Bertram Fletcher Robinson, para realizar los correspondientes análisis en busca de la supuesta sustancia tóxica que acabó con su vida. Sin embargo, el tribunal eclesiástico que debía decidirlo se negó rotundamente, tachando la hipótesis de Garrick-Steele como una mera especulación sin fundamente alguno.

El misterio de los manuscritos originales de Conan Doyle

16 años después de la muerte de Sir Arthur Conan Doyle, aún surgiría un nuevo misterio a su alrededor, digno de una de sus novelas. En 1946, 79 originales del autor desaparecieron de la casa de Conan Doyle en Crowborough, sureste de Inglaterra. La investigación del extraño caso requirió la ayuda de Scotland Yard y del mismísimo FBI.

¿Fue aquella desaparición planeada por el mismo autor, o se trató de una venganza del mayordomo que él despidió por robar algunas de sus pertenencias? La suerte de los 79 originales que desaparecieron de la casa de Conan Doyle en Crowborough, sureste de Inglaterra, fue siempre un misterio para su familia, que solicitó en su momento la ayuda de la policía para localizar tan valiosa literatura.

Denis y Adrian Conan Doyle, hijos del escritor, acudieron a la policía tras descubrir que los manuscritos perdidos habían aparecido en Estados Unidos, en manos de un coleccionista privado, el doctor A. S. Rosenbach, de Nueva York.

Scotland Yard pidió la ayuda del entonces director del FBI, Edgar Hoover. Sin embargo, la investigación del FBI llegó a la conclusión de que Rosenbach había adquirido legalmente los textos en una subasta organizada por la casa Sotheby’s en Londres en 1931, por tan sólo 95 libras (unos 152 dólares). De hecho, según Sotheby’s, las obras llegaron a su poder porque el mismo Colan Doyle las envió por correo antes de su muerte, en 1930.

Sin embargo, los hijos del novelista escocés no aceptaron nunca las conclusiones de la investigación policial y, para ellos, el caso no quedó resuelto.

De hecho, existe otra pista que siguió la policía pero que jamás se pudo comprobar. Y es que, se barajó la posibilidad de que un mayordomo que tuvo Conan Doyle, Charles Roy Harris, hubiera sido el responsable de sustraer los originales. Se da la circunstancia de que Harris fue despedido en 1928 precisamente por robar pertenencias del escritor. El problema es que el mayordomo se fugó y nunca fue encontrado por la policía. En 1935, la orden de busca y captura contra él fue anulada dejando así sin conclusión el último misterio de Sir Arthur Conan Doyle.

Y hasta aquí los misterios de Sir Arthur Conan Doyle. Os dejos con el video de mi canal de youtube y volvemos la semana que viene con más y mejor. No olvidéis comentar, suscribiros y dad a la campanita para que os lleguen las notificaciones. Hasta la semana que viene.

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